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Era una tarde calida de finales de otoño, demasiado calida.
El teléfono estaba colgando de su cable, y las moscas volaban en círculos dentro de un destrozado departamento en condiciones infrahumanas, zumbando, danzando sobre aquella miseria. Revistas y comida regada por el suelo, una mesa volteada, miles de jirones de papel tapizaban los muebles y manchas de platos estrellados contra las paredes.
Se oía una respiración destrozada, cortada por gimoteos. En una esquina del departamento estaba un hombre, llorando, con la cabeza entre los brazos, se estaba quedando ya calvo y su saco y viejos pantalones estaban hechos un asco. Manchado de comida y lágrimas.
Su esposa acababa de dejarlo hacia un par de horas, esa misma mañana lo habían despedido, y su madre había muerto. Un día perfecto para coronar una vida de una familia desintegrada, burlas en la escuela, golpizas en la secundaria, desprecio en la universidad, y un matrimonio infeliz.
Inclusive había tratado de encontrar la respuesta en la religión, era profundamente católico, pero sentía que Dios lo había abandonado. Busco en su bolsillo, lento y temeroso saco un rosario, lo miro unos momentos y lo arrojo con furia hacia la pared, siguió sollozando, y  al cabo de unos segundos levanto la mirada, llena de furia.
Se levanto y camino hacia su habitación, hecha un desastre. Su esposa había salido en prisa, arrojando todo por todas partes, busco en uno de los cajones, no estaba ahí, busco en otro, tampoco. Comenzó a arrojar sus cosas desesperadamente en búsqueda de aquello, rogaba por que su esposa no se lo hubiera llevado consigo. Cerro sus ojos y de repente los abrió en emoción, había encontrado el frió pedazo de metal que tanto había buscado. Lo tomo y lo saco lentamente del cajón.
Sus ojos brillaron, mientras aquel enorme revolver negro se deslizaba fuera de su cajón, su temblorosa mano lo alzo alto, para poder contemplarlo, lo ultimo que vería en toda su vida.
Se sentó en la cama, los viejos resortes crujieron, admiro el revolver, no sabia cuanto tiempo había transcurrido ya, pero el silencio y el eco de sus pensamientos era insoportable, nauseabundo.
Abrió la boca y, tembloroso, puso el cañón dentro, trago saliva con sabor metálico, listo para recibir el impacto, lo peor que podía suceder, en ese momento, era que el arma estuviera descargada. Entonces saldría gritado y saltaría por la ventana.
Su dedo índice se tenso, todo su cuerpo temblaba y volvió a sollozar, el martillo comenzó a retroceder por el peso del dedo sobre el gatillo, suspiro una ultima vez, listo para terminar con su vida de miseria, pero inexplicablemente soltó el gatillo. Su respiración se detuvo.
Sus ojos estaban vacíos, completamente inmóviles, y lentamente, una profunda pupila negra se dibujo en el centro, lentamente un iris rojo lo rodeo, y después comenzó a obscurecerse, hasta volverse del café mas profundo, casi negro.
Se puso de pie gritando a todo pulmón, miro a su alrededor, y arrojo el revolver, jadeando.
-Patético- dijo jadeando, con una voz diferente a la que le había rogado a su esposa hacia unas horas. Esta voz era más juvenil, más carismática, más maquiavélica.
“Lasciate ogne speranza” esa frase se repetía una y otra vez en su mente, haciendo eco contra su cráneo, golpeando sus tímpanos. Camino hasta el baño, igual de destrozado, se incorporo y vio su reflejo en el sucio espejo
-Demonios.- dijo el hombre al ver su desalineada y patética apariencia de calvo cuarentón.
Se miro con más detenimiento. No era patético, era más bien repugnante, sacudió su cabeza, y suspiro. Chasco sus dedos, y de inmediato, su carne comenzó a quemarse, el poco cabello se esfumo, y toda esa patética apariencia se perdió para siempre, mientras de las cenizas resurgía un rostro mucho más joven y bien parecido, de un muchacho, quizás de dieciséis años, se miro en el espejo otra vez, contemplándose, se lanzo un beso así mismo, mientras un largo y brillante cabello negro aparecía en su cráneo, lacio y que caía hasta sus hombros.
-Mejor.- dijo el ahora muchacho con una sonrisa en el rostro.- Pero aun falta algo.-
El muchacho salio del baño, de la habitación, y después del departamento.
Camino escaleras abajo, hacia un calor muy agradable, con una brisa muy ligera y un sol que ya se ponía tras los edificios en el horizonte. Una vez en la calle el muchacho admiro el atardecer, justo como lo recordaba, se estiro, volteo la mirada de vuelta al apartamento, y de las ventanas comenzó a salir humo.
Siguió su camino, mientras chiflaba alegremente, se detuvo.
-Tres, dos, uno…- contó con los dedos
El departamento exploto con un ensordecedor estruendo, la gente de las calles se acercaba a mirar el terrible incidente, mientras el muchacho se alejaba alegremente y los pedazos de vidrio y concreto llovían hacia la calle.
-Hogar, dulce hogar.- dijo mientras las sirenas de los camiones de bomberos comenzaban a oírse a la distancia.
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:icondualreflection:

Author's Comments

El primer capitulo a la ya mencionada historia q me frustro.
Por cierto la frase que se oye en la cabeza del tipo ese es la inscripcion de las puertas del infierno de la divina comedia de Dante Alligeri

Comments


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:iconjohnstolk:
Que bueno esta

--
La espada del samurai es curva e inflexible para que la vida de este sea recta y flexible

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:iconswitchbladecavalier:
Excelente pieza de trabajo jaja... envidiable. Y mas que nada... me deja pensando en que clase de mundo retorcido vive ese personaje, que diablos es (No quien sino que, y sabes a lo que me refiero...), y porque diantres escoge un muchacho de diecisesi an'os como su apariencia.
:icondualreflection:
Gracias
Muy buenas preguntas todas, espero subir el resto de la historia aunque haya cambiado mucho desde que escribí esta parte
:iconswitchbladecavalier:
Hahaha espero que haya cambiado para bien. Se oye interesante la propuesta.
:iconadeeh:
eso lo llevaste un dia a la escuela
aun me agrada

--
What words can't say, a camera can express.
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June 27, 2007
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